Siempre me han dicho que no escriba cada vez que ando desazonada. Siempre he creído lo contrario, el profundizar aquellos impulsos me activa, me apresura, me acelera. A veces pienso que pienso mucho acerca de las cosas, cosas que me ocurren. Doy demasiado para lo poco que recibo, – la teoría del “dar sin esperar nada a cambio” es nula para mis sentidos – trato de ampararme y protegerme bajo las sábanas de mi soledad, esperando y esperando, algo que nunca vendrá, aceptándome tan ridícula, tan poca cosa, tan in-sig-ni-fi-can-te.
Canto y bailo delante de ti, con la única intención de que me mires. Con la única intención de sentir tu presencia sobre mí, pero no la siento nunca y me apena tanto tratar de ser todo aquello que esperas que alguien sea, tratar de hasta renunciar al recelo y la duda para lograr generarte una sonrisa en el rostro. Abandono tanto y me sorprendo de esa capacidad de poder dejar de ser yo, para ser tú.
Las saladas comienzan a salir como si al escribir imaginara que te dedico cual poesía todo aquello que te quiero decir con la suavidad que mi voz no posee, como si estuviésemos frente a frente, como si me escucharas en verdad.
¿Qué me queda?, seguir sentada escribiendo -viendo al cielo- aquello que la ineptitud me prohíbe decirte. Que te quiero de una manera única y que nadie ya me puede sacar de esta apatía de rumiante triste en que ando sumida desde siempre.
Aquella sonrisa de oreja a oreja, ya sabes lo que quiere decir. Estoy triste y no lo estoy.
M.






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Una bala más.